La sacerdotisa me recibe sin hacer muchas preguntas.
- "Siéntese, ahorita sale el señor".
Su corto vestido verde acuamarina (¿Cómo diablos le hizo el brujo para conseguir un vestido tan feo?) contrasta con su piel morena. Su figura delgada y triste se pierde en una puerta de madera. Está encorvada, parece que pesara una tonelada el escapulario de la virgen que pende de su cuello.
Nada en el cuarto desentona con la pantomima del hechicero tropical. Un buda dorado despostillado, un San Martín de Porres con una corona de flores de papel crepé, un ángel de la muerte con un cigarrillo en la mano, la sagrada familia envuelta en un collar de ajos secos y entre todo eso (aterrador y solemne) un demonio prehispánico hecho de barro. Intento tocarlo pero sus facciones monstruosas me disuaden, parece nuevo . . .
- "Apenas lo hice ayer".
Mi mirada busca la voz grave y sin eco que acaba de entrar en el cuarto. Encuentro a Filobel, su apariencia contrasta con el carnavalesco entorno. No mide más de 1.60, de fracciones finas, un par de lentes de gota con armazón dorado, ropa impecablemente blanca, un crucifijo de oro se asoma entre los botones abiertos de su camisa (¿Son brillantes lo que tiene?). Prosigue impacible.
-"Estas figuritas son más letales que un cuerno de chivo. Se lo digo a usted que sabe de armas. Si algún día quiere sacar a alguien del camino venga conmigo antes de tirar una bala". (¿Cómo diablos sabe?)
-"Vengo a verlo porque me han hablado muy bien de usted y yo . . .".
-"¿Qué clase de brujo sería yo si no pudiera adivinar a qué viene usted?. Siéntese, póngase cómodo".
-"¿Cuánto me va a cobrar?".
-"De eso no se preocupe, le aseguro que no es dinero lo que quiero de usted".
Saca un frasco con un líquido verde y un fuerte aroma herbal que inmediatamente se impregna en el ambiente.
-"Loción de siete machos mi señor para las malas vibras. Y esto . . . -me muestra una pequeña bolsa de terciopelo- esto es mágico".
Coloca su contenido (pequeñas piedras negras) en cuatro incensarios que ubica en cada una de las esquinas de la habitación.
El humo rápidamente convierte las estatuas en siluetas casi imperceptibles. El brujo se coloca detrás de mí y toma mis sienes.
-"Cierre los ojos. Relájese. Su mente está llena de preguntas. Eso que usted busca lo puede encontrar en su propio interior sólo necesita saber interpretarlo".
El cuarto comienza a dar vueltas a mi alrededor, siento ganas de vomitar, la voz de Filobel se distorsiona y reacomoda en palabras inexistentes, frases inconexas, ahora la silla parece hundirse en el piso, intento levantarme y no puedo, mis párpados pesan como si estuvieran hechos de plomo.
¿Perdí el conocimiento?.
Canta un ave. Abro los ojos lentamente. Huele a hierbas. Estoy en la pradera más bella que jamás haya visto (no sabía que existiera ese tono de verde). Flores rojas de enormes pétalos se abren a mi paso, giran hacia el sol que se levanta juguetón en un cielo azul impoluto. Estoy descalzo, el pasto me hace cosquillas en la planta del pie.
Siento la necesidad de correr, de llenarme de oxígeno sagrado. Encuentro un ojo de agua, está tibia, me meto en ella y chapoteo como un niño. De una montaña cae una cascada, la luz se descompone en cristales de color sobre toda su superficie. Un graznido me hace voltear hacia arriba. Una gigantesca ave blanca extiende sus alas y se pierde entre la cumbre de la montaña.
No hay niebla, ¿niebla?, ¿Estoy en San Jacinto?, ¿Filobel?, ¿La pista? . . .
Todo el paisaje se disuelve en el sonido de dos piedras raspándose entre sí. Despierto. Estoy empapado. El brujo ya no está en el cuarto. Su sacerdotisa me mira sonriente (gesto raro por los celos de su mecenas).
-"Se tuvo que ir señor, pero dice que ya no necesita más de él".
Le tiendo la mano y salgo a la calle.
Volteo a la cima de las montañas. Ahi está, inamovible, la niebla.
- "Siéntese, ahorita sale el señor".
Su corto vestido verde acuamarina (¿Cómo diablos le hizo el brujo para conseguir un vestido tan feo?) contrasta con su piel morena. Su figura delgada y triste se pierde en una puerta de madera. Está encorvada, parece que pesara una tonelada el escapulario de la virgen que pende de su cuello.
Nada en el cuarto desentona con la pantomima del hechicero tropical. Un buda dorado despostillado, un San Martín de Porres con una corona de flores de papel crepé, un ángel de la muerte con un cigarrillo en la mano, la sagrada familia envuelta en un collar de ajos secos y entre todo eso (aterrador y solemne) un demonio prehispánico hecho de barro. Intento tocarlo pero sus facciones monstruosas me disuaden, parece nuevo . . .
- "Apenas lo hice ayer".
Mi mirada busca la voz grave y sin eco que acaba de entrar en el cuarto. Encuentro a Filobel, su apariencia contrasta con el carnavalesco entorno. No mide más de 1.60, de fracciones finas, un par de lentes de gota con armazón dorado, ropa impecablemente blanca, un crucifijo de oro se asoma entre los botones abiertos de su camisa (¿Son brillantes lo que tiene?). Prosigue impacible.
-"Estas figuritas son más letales que un cuerno de chivo. Se lo digo a usted que sabe de armas. Si algún día quiere sacar a alguien del camino venga conmigo antes de tirar una bala". (¿Cómo diablos sabe?)
-"Vengo a verlo porque me han hablado muy bien de usted y yo . . .".
-"¿Qué clase de brujo sería yo si no pudiera adivinar a qué viene usted?. Siéntese, póngase cómodo".
-"¿Cuánto me va a cobrar?".
-"De eso no se preocupe, le aseguro que no es dinero lo que quiero de usted".
Saca un frasco con un líquido verde y un fuerte aroma herbal que inmediatamente se impregna en el ambiente.
-"Loción de siete machos mi señor para las malas vibras. Y esto . . . -me muestra una pequeña bolsa de terciopelo- esto es mágico".
Coloca su contenido (pequeñas piedras negras) en cuatro incensarios que ubica en cada una de las esquinas de la habitación.
El humo rápidamente convierte las estatuas en siluetas casi imperceptibles. El brujo se coloca detrás de mí y toma mis sienes.
-"Cierre los ojos. Relájese. Su mente está llena de preguntas. Eso que usted busca lo puede encontrar en su propio interior sólo necesita saber interpretarlo".
El cuarto comienza a dar vueltas a mi alrededor, siento ganas de vomitar, la voz de Filobel se distorsiona y reacomoda en palabras inexistentes, frases inconexas, ahora la silla parece hundirse en el piso, intento levantarme y no puedo, mis párpados pesan como si estuvieran hechos de plomo.
¿Perdí el conocimiento?.
Canta un ave. Abro los ojos lentamente. Huele a hierbas. Estoy en la pradera más bella que jamás haya visto (no sabía que existiera ese tono de verde). Flores rojas de enormes pétalos se abren a mi paso, giran hacia el sol que se levanta juguetón en un cielo azul impoluto. Estoy descalzo, el pasto me hace cosquillas en la planta del pie.
Siento la necesidad de correr, de llenarme de oxígeno sagrado. Encuentro un ojo de agua, está tibia, me meto en ella y chapoteo como un niño. De una montaña cae una cascada, la luz se descompone en cristales de color sobre toda su superficie. Un graznido me hace voltear hacia arriba. Una gigantesca ave blanca extiende sus alas y se pierde entre la cumbre de la montaña.
No hay niebla, ¿niebla?, ¿Estoy en San Jacinto?, ¿Filobel?, ¿La pista? . . .
Todo el paisaje se disuelve en el sonido de dos piedras raspándose entre sí. Despierto. Estoy empapado. El brujo ya no está en el cuarto. Su sacerdotisa me mira sonriente (gesto raro por los celos de su mecenas).
-"Se tuvo que ir señor, pero dice que ya no necesita más de él".
Le tiendo la mano y salgo a la calle.
Volteo a la cima de las montañas. Ahi está, inamovible, la niebla.
Tanta magia... me encanta!!
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