lunes, 23 de marzo de 2009

El nahual (II)

Cindy sintetiza todo el espíritu de San Jacinto. Es joven y ancestral. Intrépida y sumisa. Carga la suerte de un nombre exótico en medio del inamovible paisaje autóctono del pueblo donde nunca ha salido por "recomendación" del brujo. (Los espíritus de los ancestros se enojan si alguien se aventura más allá del poblado vecino y le "hacen maldades" al osado)

Me pregunta si en la capital todas usan vestidos tan bonitos como los que ve en las teleseries (única ventana al exterior) . Sueña con visitar los almacenes donde todos los empleados sonríen, ser licenciada y ¿por qué no? manejar su propio auto (en San Jacinto esa es "cosa de hombres").

"Quiero ir a la capital". Dice optimista, pero su entusiasmo se apaga como la cabeza de un cerillo después de un golpe de realidad. Apenas cumpla quince años el brujo le buscará marido (comprador en la mayoría de los casos), pasará el resto de sus días preparando tortillas, barriendo arena oceánica de su patio, tejiendo intrigas, soñando secretamente con el muchacho de la telenovela. Si tiene suerte la podría elegir como una de sus sacerdotisas, entonces sí podría conocer la capital pero sin bajar de la camioneta, mirando a Filobel escoger entre las rebajas vestidos chillones, ropa interior de encaje, perfumes empalagosos.

La luz de la luna se cuela traviesa entre la niebla de las montañas para descubrir la tristeza de la encargada (vía sus padres) de la única posada en el pueblo.

-"¿La niebla nunca se va verdad?".
-"No, y mejor porque así no se salen los monstruos de las montañas".
-"Los monstruos no existen, si dices eso no vas a tener novio en la capital". Guiño.
-"Ay cómo es" Los hoyuelos en su mejilla coquetean.
-"¿Nunca has subido a las montañas?".
-"¡Nadie!, sólo el brujo. A él los monstruos no le hacen nada".
-"¿Cuándo sube?".
-"Nadie lo ha visto, nos cuenta a veces los Domingos".

Guardo silencio. Valdivia seguramente tenía razón. El brujo ha echado una manta de superstición sobre la montaña. Seguramente también se encargará de "corregir" a los escépticos.

-"No me ha dicho por qué viene a ver al brujo".
-"Qué muchacha tan chismosa".
-"¿Está enfermo?".
-"Algo así".

Un gato se desliza sigiloso hasta la mesa. Me mira como a punto de saltarme encima. Mueve sus patas en un vals tétrico. Me escruta. Ahora acerca su rostro al mío.

Intento alejarlo de un manotazo pero parece leer mi mente. Me esquiva sin sobresaltos. Corre hasta la barda al final del patio, trepa en ella mirando hacia las insoportables montañas.

-"No le haga caso señor, solito se va".
-"¿Es tuyo?".
-"No, pero viene cada vez que llega alguien nuevo al pueblo".
-"Pues . . ."

El gato está entre mis piernas. ¿Cómo diablos pudo recorrer tantos metros en segundos?. Sube a mi regazo. Pone sus zarpas sobre mis hombros . Hay algo oscuro en este animal, no sólo es la desafiante pedantería felina, su mirada, sus movimientos, todo en su conjunto deja adivinar una inteligencia tergiversada y macabra.

De un puñetazo lo bajo de mí. Hace la mueca de maullar pero no emite ningún sonido.

Desenfundo mi arma.

-"Pues es la última vez que molesta a un extraño".

Desde el fondo del patio un niño me habla sereno.

-"No señor, no lo puede matar".
-"¿Es tuyo el gato?".
-"No señor, ése no es un gato . . . es un nahual".

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