martes, 7 de abril de 2009

El nahual (IV)

El café con leche se enfrió. Una sema a medio comer yace junto a la taza metálica. Ni la dueña de la posada ni su hija me atienden.

La luz de la luna se arrastra herida entre la niebla regalando a la noche un caleidoscopio de penumbras y claroscuros.

No he recibido llamadas de la capital. Tomo el móvil. "Sin señal".

-"No señor, aquí no sirven".

El niño acerca su rostro a la pantalla del teléfono. Su barbilla afilada es iluminada por la luz verde. Sus ojos negros rebosan de curiosidad infantil.

-"¿Dónde está tu hermana?".
-"Se la tuvieron que llevar al brujo. Un gato se metió a su cuarto y la rasguño toda de por aquí". Se lleva la mano al pubis. "Mi mamá dice que ya nadie la va a querer así".

Un frío metálico me recorre la espalda. Vuelve a mi mente la morgue. Los cuerpos baleados. El gato en mi regazo. El ave blanca. Los anhelos de Cindy. Los sonidos silvestres de las noches pueblerinas. "No es un gato . . . es un nahual"(se disuelve mi memoria en espirales infinitas).

"Estoy harto de este pueblo". Digo entre dientes.

***

Desde mi cuarto se ven las montañas. ¿De dónde podría entrar un avión proveniente del sur?. Seguro entraba volando bajo desde el mar, si no alguno de los radares fronterizos lo habría detectado.

No, desde aquí no se ve el mar pero ¿qué tal que rodea las montañas?. Leo nuevamente los papeles del caso. Los peritos insisten en un punto ciego, un pequeño valle en medio de los montes.

Las letras saltan del papel, palidecen, bailan con mis pupilas (Valdivia . . . aldiva . . . val . . . ). La monótona cantata de grillos y ventarrones se difumina y maximiza en intervalos cada vez más largos. Sueño.

Estoy de nuevo entre el pasto verde. A lo lejos una joven me llama con la mano. Entra en la cascada. Voy tras ella. Las flores rojas se sienten como mermelada entre mis dedos. La sombra del ave me cubre pero no volteo al cielo. Al acercarme a la cascada distingo a Cindy. Usa un vestido verde como el de las sacerdotisas. Ahora veo su rostro; dibuja dolor. De las órbitas vacías de sus ojos brota sangre negra. Ruge como bestia herida. Encaja sus uñas en mi antebrazo que se desgarra al intentar huir. Despierto.

¡Mi antebrazo!. Está intacto. Sudo. En el pretil de la ventana abierta está el gato. No me mira. Ha destrozado mis papeles y parece observar el monte. Voy de puntas hasta la cama. La pistola está debajo de la almohada. Apunto.

El ruido del disparo y el maullido del gato se mezclan en una secuencia atemporal. Se retuerce en el aire y sale corriendo. Seguro le di en una pata. Va cojeando. Se pierde entre la hierba (¿Cómo le hizo para esquivarlo?¿Oyó cuando quité el seguro?). No hay oportunidad de rematarlo.

Un fragmento de papel manchado con su sangre está en la ventana. "Testigo: José Valdivia Toca" .

***

-"Oficial, ¿por qué diablos se tardó tanto en reportarse?".
-"Disculpe mi comandante no hay señal en San Jacinto. Tuve que caminar toda la noche para encontrar un lugar donde comunicarme".
-"¿Está limpia la línea?".
-"Es para auxilio en carreteras, supongo que sí".
-"Sepa entonces que estamos jodidos oficial . . . Valdivia está muerto".

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