La muerte de Valdivia nos obliga a encontrar la pista.
El cuerpo de la prueba contra Filobel se disuelve. Ya no podrá haber careos con Valdivia y sin la evidencia física no vamos a poder sostener los cargos. Si no ocurre un milagro el brujo se salva.
El desvelo se clava en mis articulaciones volviendo mis miembros pesados y torpes. Siento escalofríos aunque el sol asoma sus primeras caricias sobre el pueblo. En este momento la frontera entre el sueño y la memoria se disuelve sin remedio. ¿Soñé al ave?¿A Cindy?¿El tiro al gato?
Seguro que voy con Filobel. Y le caigo de sorpresa (seguro es de los que despierta temprano el muy granuja) y lo encañono y le digo que le vuelo los sesos si no me enseña la pista. O lo detengo yo mismo y le sacan la verdad en la capital y de paso hago añicos los diablitos esos que me provocan pesadillas y . . .
Mi mano tocando la puerta interrumpe el monólogo imaginario. Palpo la cacha de la pistola cerca de mi costado. Está lista.
Una mujer de edad avanzada me abre la puerta (¿Dónde quedaron las sacerdotisas?) Lleva en la mano una bolita de masa. Se limpia el sudor de la frente. Su atuendo es más tradicional, una falda negra larga con varios remiendos, sandalias de cuero hechas en casa (pies polvorientos), blusa blanca con motivos prehispánicos, un rebozo morado atado en la cintura a manera de faja. Sus ojos se filtran flamígeros entre el pelo cano que cae sobre su cara.
-"¿Qué quiere?".
-"Vengo a ver a Filobel".
-"Está malo no puede ver a nadie".
-"Dígale que me vio ayer y necesito hablar con él".
Aprieta la masa hasta que se desparrama por sus dedos. Sin decir palabra alguna se da la media vuelta.
El carnaval ecuménico de la sala de espera se antoja tétrico. Aunque nada ha cambiado de posición ya no existe ningún toque festivo y provinciano, cada uno de los figurines del peculiar panteón parece parte de una conjura perversa más allá de todo entendimiento, pieza de un rompecabezas místico de aves imaginarias y hechiceros transfigurados que sólo podría tener lugar en este pueblo siniestro apartado de la civilzación.
Ahora los ojos del diablo de barro parecen mirarme. Tiene algo escrito en una de las patas. Son pinceladas de tinta roja, más bien marrón (¿sangre?).
"VALDIVIA".
¿Valdivia? . . . ¡Valdivia! . . .Del centro de mi nublada memoria emerge un tornado de recuerdos.
"Estas figuritas son más letales" . . . "Estamos jodidos" . . . "Valdivia está muerto" . . . "Estamos jodidos" . . . El papelito del gato . . .
El brujo se para delante de mí. Tiene la quijada trabada. Los ojos vidriosos. Un brazo en cabestrillo. Ensaya una sonrisa.
-"Dígame en qué puedo servirlo".
-"¿Qué le pasó en el brazo?".
-"Son gajes del oficio. ¿Qué necesita?".
-"Hábleme de los espíritus de la montaña. ¿Podré conocerlos?".
-"Esas son historias de pueblo. Usted y yo sabemos que no existen".
-"Entonces no le importa si voy".
-"Si usted quiere". (Se encoge de hombros).
Ahora me siento invadido por una rabia ciega. La sonrisa de Filobel se vuelve burlona. En algún lugar de mi cabeza los maullidos de un gato inflan mis venas, las tensan a reventar.
Lentamente meto mi mano a la chaqueta. Tomo el mango de la pistola.
-"¿Qué le va a decir a su jefe, oficial?".
El brujo no para de sonreir.
-"¿Le va a decir que en las noches me vuelvo gato y violo niñas?. ¿O que me metí entre sus papeles para ver quién era el soplón y lo maté pintando su nombre en una escultura de diez pesos?. Seguro lo promueven."
Lo tomo por el cuello de la camisa y lo pongo contra la pared.
-"Mejor saque la pistola oficial. Pero esta vez no falle".
Se acerca a mi oído. Susurra entre risas.
-"Ya le di toda la ayuda que puedo darle. Se lo dije ayer, pero se lo repito hoy. La respuesta está en usted. Cuando la tenga me puede llevar. De aquí no me muevo".
Una inexplicable tranquilidad me invade. Su sonrisa sarcástica ahora parece tan amable y desinteresada como en la víspera. Me tiende la mano.
-"Cuando quiera quédese a desayunar oficial. Doña Marta hace las tortillas a mano, seguro no se encuentra mucho de eso en la capital".
***
Estoy seguro que las montañas del sueño eran las de San Jacinto. Fuera de eso nada tiene sentido. Cierro los ojos y siento en la yema de mis dedos los pétalos de las flores como mermelada. El pasto. El aire fresco.
¿Un ave blanca?
. . . blanca . . .
¡La avioneta!.
Corro hasta la posada. Mis pies se sienten ligeros. Cada bocanada de aire se cuela entre los tejidos llenándolos de un renovado entusiasmo. El niño sale a recibirme.
-"Llévame a la cascada".
El cuerpo de la prueba contra Filobel se disuelve. Ya no podrá haber careos con Valdivia y sin la evidencia física no vamos a poder sostener los cargos. Si no ocurre un milagro el brujo se salva.
El desvelo se clava en mis articulaciones volviendo mis miembros pesados y torpes. Siento escalofríos aunque el sol asoma sus primeras caricias sobre el pueblo. En este momento la frontera entre el sueño y la memoria se disuelve sin remedio. ¿Soñé al ave?¿A Cindy?¿El tiro al gato?
Seguro que voy con Filobel. Y le caigo de sorpresa (seguro es de los que despierta temprano el muy granuja) y lo encañono y le digo que le vuelo los sesos si no me enseña la pista. O lo detengo yo mismo y le sacan la verdad en la capital y de paso hago añicos los diablitos esos que me provocan pesadillas y . . .
Mi mano tocando la puerta interrumpe el monólogo imaginario. Palpo la cacha de la pistola cerca de mi costado. Está lista.
Una mujer de edad avanzada me abre la puerta (¿Dónde quedaron las sacerdotisas?) Lleva en la mano una bolita de masa. Se limpia el sudor de la frente. Su atuendo es más tradicional, una falda negra larga con varios remiendos, sandalias de cuero hechas en casa (pies polvorientos), blusa blanca con motivos prehispánicos, un rebozo morado atado en la cintura a manera de faja. Sus ojos se filtran flamígeros entre el pelo cano que cae sobre su cara.
-"¿Qué quiere?".
-"Vengo a ver a Filobel".
-"Está malo no puede ver a nadie".
-"Dígale que me vio ayer y necesito hablar con él".
Aprieta la masa hasta que se desparrama por sus dedos. Sin decir palabra alguna se da la media vuelta.
El carnaval ecuménico de la sala de espera se antoja tétrico. Aunque nada ha cambiado de posición ya no existe ningún toque festivo y provinciano, cada uno de los figurines del peculiar panteón parece parte de una conjura perversa más allá de todo entendimiento, pieza de un rompecabezas místico de aves imaginarias y hechiceros transfigurados que sólo podría tener lugar en este pueblo siniestro apartado de la civilzación.
Ahora los ojos del diablo de barro parecen mirarme. Tiene algo escrito en una de las patas. Son pinceladas de tinta roja, más bien marrón (¿sangre?).
"VALDIVIA".
¿Valdivia? . . . ¡Valdivia! . . .Del centro de mi nublada memoria emerge un tornado de recuerdos.
"Estas figuritas son más letales" . . . "Estamos jodidos" . . . "Valdivia está muerto" . . . "Estamos jodidos" . . . El papelito del gato . . .
El brujo se para delante de mí. Tiene la quijada trabada. Los ojos vidriosos. Un brazo en cabestrillo. Ensaya una sonrisa.
-"Dígame en qué puedo servirlo".
-"¿Qué le pasó en el brazo?".
-"Son gajes del oficio. ¿Qué necesita?".
-"Hábleme de los espíritus de la montaña. ¿Podré conocerlos?".
-"Esas son historias de pueblo. Usted y yo sabemos que no existen".
-"Entonces no le importa si voy".
-"Si usted quiere". (Se encoge de hombros).
Ahora me siento invadido por una rabia ciega. La sonrisa de Filobel se vuelve burlona. En algún lugar de mi cabeza los maullidos de un gato inflan mis venas, las tensan a reventar.
Lentamente meto mi mano a la chaqueta. Tomo el mango de la pistola.
-"¿Qué le va a decir a su jefe, oficial?".
El brujo no para de sonreir.
-"¿Le va a decir que en las noches me vuelvo gato y violo niñas?. ¿O que me metí entre sus papeles para ver quién era el soplón y lo maté pintando su nombre en una escultura de diez pesos?. Seguro lo promueven."
Lo tomo por el cuello de la camisa y lo pongo contra la pared.
-"Mejor saque la pistola oficial. Pero esta vez no falle".
Se acerca a mi oído. Susurra entre risas.
-"Ya le di toda la ayuda que puedo darle. Se lo dije ayer, pero se lo repito hoy. La respuesta está en usted. Cuando la tenga me puede llevar. De aquí no me muevo".
Una inexplicable tranquilidad me invade. Su sonrisa sarcástica ahora parece tan amable y desinteresada como en la víspera. Me tiende la mano.
-"Cuando quiera quédese a desayunar oficial. Doña Marta hace las tortillas a mano, seguro no se encuentra mucho de eso en la capital".
***
Estoy seguro que las montañas del sueño eran las de San Jacinto. Fuera de eso nada tiene sentido. Cierro los ojos y siento en la yema de mis dedos los pétalos de las flores como mermelada. El pasto. El aire fresco.
¿Un ave blanca?
. . . blanca . . .
¡La avioneta!.
Corro hasta la posada. Mis pies se sienten ligeros. Cada bocanada de aire se cuela entre los tejidos llenándolos de un renovado entusiasmo. El niño sale a recibirme.
-"Llévame a la cascada".
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