viernes, 17 de abril de 2009

El nahual (VI)

La cascada es mucho más modesta que la de la ensoñación en casa del brujo. Apenas una serpiente de agua reptando entre piedras mohosas que conducen a un charco amenazado de muerte por el sol.

Tomo los binoculares. La niebla no se va, pero la luz del día pinta caracteres caprichosos sobre las rocas besadas de verde.

-"¿Qué busca señor?".
-"La verdad no sé muy bien".

El niño alza sus pantalones y mete los pies descalzos al charco. Tararea una canción.

-"Dicen que ahi en la montaña vive el diablo".
-"¿Y tú les crees?".
-"Sí. El hijo de uno de los vecinos subió por aquella veredita y ya nunca lo encontraron. Eso que usted ve no es niebla, es el humo del infierno".

La vereda es tan ancha como para que suba un camión. Seguro por ahí los trepaba Filobel, en filita ¿pero hasta dónde?.

Camino hasta la falda de la montaña y miro de nuevo por los prismáticos. Nada. Comienzo a subir la vereda. El niño me toma de la camisa.

-"No vaya señor o se lo lleva el diablo".
Sonrío.
-"Yo no creo en eso, pero gracias por traerme".

El viento comienza a soplar. La niebla resbala lentamente por la cumbre de la montaña como un caracol herido. ¿Será posible que se vaya?. Me parece ver un destello rojo. Justo ahí en esa rasgadura que se abre entre la niebla. Miro por los binoculares . . . son flores.

***

Algunas pendientes de la vereda son tan pronunciadas que tengo que subirlas gateando. La tierra parece rasguñada. Seguro usan a alguien para borrar las huellas de las llantas con escobas de vara. De repente la altura presiona mi diafragma y me roba el aliento , mis rodillas parecen heridas por alfileres invisibles, las piernas se arrastran. Parece que las flores se alejan más mientras camino. No me quiero acercar a la orilla, debo haber avanzado mucho en la montaña, el aire se vuelve denso y duele al entrar a mis pulmones.

Todo se vuelve oscuro.

***

Boca arriba, el sol acaricia mi piel con la ternura maternal del crepúsculo. ¿Me desmayé?. Me recargo en la ladera y mis manos se topan con una textura suave. Son flores . . . junto a la cueva.

martes, 14 de abril de 2009

El nahual (V)

La muerte de Valdivia nos obliga a encontrar la pista.

El cuerpo de la prueba contra Filobel se disuelve. Ya no podrá haber careos con Valdivia y sin la evidencia física no vamos a poder sostener los cargos. Si no ocurre un milagro el brujo se salva.

El desvelo se clava en mis articulaciones volviendo mis miembros pesados y torpes. Siento escalofríos aunque el sol asoma sus primeras caricias sobre el pueblo. En este momento la frontera entre el sueño y la memoria se disuelve sin remedio. ¿Soñé al ave?¿A Cindy?¿El tiro al gato?

Seguro que voy con Filobel. Y le caigo de sorpresa (seguro es de los que despierta temprano el muy granuja) y lo encañono y le digo que le vuelo los sesos si no me enseña la pista. O lo detengo yo mismo y le sacan la verdad en la capital y de paso hago añicos los diablitos esos que me provocan pesadillas y . . .

Mi mano tocando la puerta interrumpe el monólogo imaginario. Palpo la cacha de la pistola cerca de mi costado. Está lista.

Una mujer de edad avanzada me abre la puerta (¿Dónde quedaron las sacerdotisas?) Lleva en la mano una bolita de masa. Se limpia el sudor de la frente. Su atuendo es más tradicional, una falda negra larga con varios remiendos, sandalias de cuero hechas en casa (pies polvorientos), blusa blanca con motivos prehispánicos, un rebozo morado atado en la cintura a manera de faja. Sus ojos se filtran flamígeros entre el pelo cano que cae sobre su cara.

-"¿Qué quiere?".
-"Vengo a ver a Filobel".
-"Está malo no puede ver a nadie".
-"Dígale que me vio ayer y necesito hablar con él".

Aprieta la masa hasta que se desparrama por sus dedos. Sin decir palabra alguna se da la media vuelta.

El carnaval ecuménico de la sala de espera se antoja tétrico. Aunque nada ha cambiado de posición ya no existe ningún toque festivo y provinciano, cada uno de los figurines del peculiar panteón parece parte de una conjura perversa más allá de todo entendimiento, pieza de un rompecabezas místico de aves imaginarias y hechiceros transfigurados que sólo podría tener lugar en este pueblo siniestro apartado de la civilzación.

Ahora los ojos del diablo de barro parecen mirarme. Tiene algo escrito en una de las patas. Son pinceladas de tinta roja, más bien marrón (¿sangre?).

"VALDIVIA".

¿Valdivia? . . . ¡Valdivia! . . .Del centro de mi nublada memoria emerge un tornado de recuerdos.

"Estas figuritas son más letales" . . . "Estamos jodidos" . . . "Valdivia está muerto" . . . "Estamos jodidos" . . . El papelito del gato . . .

El brujo se para delante de mí. Tiene la quijada trabada. Los ojos vidriosos. Un brazo en cabestrillo. Ensaya una sonrisa.

-"Dígame en qué puedo servirlo".
-"¿Qué le pasó en el brazo?".
-"Son gajes del oficio. ¿Qué necesita?".
-"Hábleme de los espíritus de la montaña. ¿Podré conocerlos?".
-"Esas son historias de pueblo. Usted y yo sabemos que no existen".
-"Entonces no le importa si voy".
-"Si usted quiere". (Se encoge de hombros).

Ahora me siento invadido por una rabia ciega. La sonrisa de Filobel se vuelve burlona. En algún lugar de mi cabeza los maullidos de un gato inflan mis venas, las tensan a reventar.

Lentamente meto mi mano a la chaqueta. Tomo el mango de la pistola.

-"¿Qué le va a decir a su jefe, oficial?".

El brujo no para de sonreir.

-"¿Le va a decir que en las noches me vuelvo gato y violo niñas?. ¿O que me metí entre sus papeles para ver quién era el soplón y lo maté pintando su nombre en una escultura de diez pesos?. Seguro lo promueven."

Lo tomo por el cuello de la camisa y lo pongo contra la pared.

-"Mejor saque la pistola oficial. Pero esta vez no falle".

Se acerca a mi oído. Susurra entre risas.

-"Ya le di toda la ayuda que puedo darle. Se lo dije ayer, pero se lo repito hoy. La respuesta está en usted. Cuando la tenga me puede llevar. De aquí no me muevo".

Una inexplicable tranquilidad me invade. Su sonrisa sarcástica ahora parece tan amable y desinteresada como en la víspera. Me tiende la mano.

-"Cuando quiera quédese a desayunar oficial. Doña Marta hace las tortillas a mano, seguro no se encuentra mucho de eso en la capital".

***

Estoy seguro que las montañas del sueño eran las de San Jacinto. Fuera de eso nada tiene sentido. Cierro los ojos y siento en la yema de mis dedos los pétalos de las flores como mermelada. El pasto. El aire fresco.

¿Un ave blanca?
. . . blanca . . .

¡La avioneta!.

Corro hasta la posada. Mis pies se sienten ligeros. Cada bocanada de aire se cuela entre los tejidos llenándolos de un renovado entusiasmo. El niño sale a recibirme.

-"Llévame a la cascada".

martes, 7 de abril de 2009

El nahual (IV)

El café con leche se enfrió. Una sema a medio comer yace junto a la taza metálica. Ni la dueña de la posada ni su hija me atienden.

La luz de la luna se arrastra herida entre la niebla regalando a la noche un caleidoscopio de penumbras y claroscuros.

No he recibido llamadas de la capital. Tomo el móvil. "Sin señal".

-"No señor, aquí no sirven".

El niño acerca su rostro a la pantalla del teléfono. Su barbilla afilada es iluminada por la luz verde. Sus ojos negros rebosan de curiosidad infantil.

-"¿Dónde está tu hermana?".
-"Se la tuvieron que llevar al brujo. Un gato se metió a su cuarto y la rasguño toda de por aquí". Se lleva la mano al pubis. "Mi mamá dice que ya nadie la va a querer así".

Un frío metálico me recorre la espalda. Vuelve a mi mente la morgue. Los cuerpos baleados. El gato en mi regazo. El ave blanca. Los anhelos de Cindy. Los sonidos silvestres de las noches pueblerinas. "No es un gato . . . es un nahual"(se disuelve mi memoria en espirales infinitas).

"Estoy harto de este pueblo". Digo entre dientes.

***

Desde mi cuarto se ven las montañas. ¿De dónde podría entrar un avión proveniente del sur?. Seguro entraba volando bajo desde el mar, si no alguno de los radares fronterizos lo habría detectado.

No, desde aquí no se ve el mar pero ¿qué tal que rodea las montañas?. Leo nuevamente los papeles del caso. Los peritos insisten en un punto ciego, un pequeño valle en medio de los montes.

Las letras saltan del papel, palidecen, bailan con mis pupilas (Valdivia . . . aldiva . . . val . . . ). La monótona cantata de grillos y ventarrones se difumina y maximiza en intervalos cada vez más largos. Sueño.

Estoy de nuevo entre el pasto verde. A lo lejos una joven me llama con la mano. Entra en la cascada. Voy tras ella. Las flores rojas se sienten como mermelada entre mis dedos. La sombra del ave me cubre pero no volteo al cielo. Al acercarme a la cascada distingo a Cindy. Usa un vestido verde como el de las sacerdotisas. Ahora veo su rostro; dibuja dolor. De las órbitas vacías de sus ojos brota sangre negra. Ruge como bestia herida. Encaja sus uñas en mi antebrazo que se desgarra al intentar huir. Despierto.

¡Mi antebrazo!. Está intacto. Sudo. En el pretil de la ventana abierta está el gato. No me mira. Ha destrozado mis papeles y parece observar el monte. Voy de puntas hasta la cama. La pistola está debajo de la almohada. Apunto.

El ruido del disparo y el maullido del gato se mezclan en una secuencia atemporal. Se retuerce en el aire y sale corriendo. Seguro le di en una pata. Va cojeando. Se pierde entre la hierba (¿Cómo le hizo para esquivarlo?¿Oyó cuando quité el seguro?). No hay oportunidad de rematarlo.

Un fragmento de papel manchado con su sangre está en la ventana. "Testigo: José Valdivia Toca" .

***

-"Oficial, ¿por qué diablos se tardó tanto en reportarse?".
-"Disculpe mi comandante no hay señal en San Jacinto. Tuve que caminar toda la noche para encontrar un lugar donde comunicarme".
-"¿Está limpia la línea?".
-"Es para auxilio en carreteras, supongo que sí".
-"Sepa entonces que estamos jodidos oficial . . . Valdivia está muerto".