jueves, 26 de marzo de 2009

El nahual (III)

La sacerdotisa me recibe sin hacer muchas preguntas.

- "Siéntese, ahorita sale el señor".

Su corto vestido verde acuamarina (¿Cómo diablos le hizo el brujo para conseguir un vestido tan feo?) contrasta con su piel morena. Su figura delgada y triste se pierde en una puerta de madera. Está encorvada, parece que pesara una tonelada el escapulario de la virgen que pende de su cuello.

Nada en el cuarto desentona con la pantomima del hechicero tropical. Un buda dorado despostillado, un San Martín de Porres con una corona de flores de papel crepé, un ángel de la muerte con un cigarrillo en la mano, la sagrada familia envuelta en un collar de ajos secos y entre todo eso (aterrador y solemne) un demonio prehispánico hecho de barro. Intento tocarlo pero sus facciones monstruosas me disuaden, parece nuevo . . .

- "Apenas lo hice ayer".

Mi mirada busca la voz grave y sin eco que acaba de entrar en el cuarto. Encuentro a Filobel, su apariencia contrasta con el carnavalesco entorno. No mide más de 1.60, de fracciones finas, un par de lentes de gota con armazón dorado, ropa impecablemente blanca, un crucifijo de oro se asoma entre los botones abiertos de su camisa (¿Son brillantes lo que tiene?). Prosigue impacible.

-"Estas figuritas son más letales que un cuerno de chivo. Se lo digo a usted que sabe de armas. Si algún día quiere sacar a alguien del camino venga conmigo antes de tirar una bala". (¿Cómo diablos sabe?)

-"Vengo a verlo porque me han hablado muy bien de usted y yo . . .".

-"¿Qué clase de brujo sería yo si no pudiera adivinar a qué viene usted?. Siéntese, póngase cómodo".

-"¿Cuánto me va a cobrar?".

-"De eso no se preocupe, le aseguro que no es dinero lo que quiero de usted".

Saca un frasco con un líquido verde y un fuerte aroma herbal que inmediatamente se impregna en el ambiente.

-"Loción de siete machos mi señor para las malas vibras. Y esto . . . -me muestra una pequeña bolsa de terciopelo- esto es mágico".

Coloca su contenido (pequeñas piedras negras) en cuatro incensarios que ubica en cada una de las esquinas de la habitación.

El humo rápidamente convierte las estatuas en siluetas casi imperceptibles. El brujo se coloca detrás de mí y toma mis sienes.

-"Cierre los ojos. Relájese. Su mente está llena de preguntas. Eso que usted busca lo puede encontrar en su propio interior sólo necesita saber interpretarlo".

El cuarto comienza a dar vueltas a mi alrededor, siento ganas de vomitar, la voz de Filobel se distorsiona y reacomoda en palabras inexistentes, frases inconexas, ahora la silla parece hundirse en el piso, intento levantarme y no puedo, mis párpados pesan como si estuvieran hechos de plomo.

¿Perdí el conocimiento?.

Canta un ave. Abro los ojos lentamente. Huele a hierbas. Estoy en la pradera más bella que jamás haya visto (no sabía que existiera ese tono de verde). Flores rojas de enormes pétalos se abren a mi paso, giran hacia el sol que se levanta juguetón en un cielo azul impoluto. Estoy descalzo, el pasto me hace cosquillas en la planta del pie.

Siento la necesidad de correr, de llenarme de oxígeno sagrado. Encuentro un ojo de agua, está tibia, me meto en ella y chapoteo como un niño. De una montaña cae una cascada, la luz se descompone en cristales de color sobre toda su superficie. Un graznido me hace voltear hacia arriba. Una gigantesca ave blanca extiende sus alas y se pierde entre la cumbre de la montaña.

No hay niebla, ¿niebla?, ¿Estoy en San Jacinto?, ¿Filobel?, ¿La pista? . . .

Todo el paisaje se disuelve en el sonido de dos piedras raspándose entre sí. Despierto. Estoy empapado. El brujo ya no está en el cuarto. Su sacerdotisa me mira sonriente (gesto raro por los celos de su mecenas).

-"Se tuvo que ir señor, pero dice que ya no necesita más de él".

Le tiendo la mano y salgo a la calle.

Volteo a la cima de las montañas. Ahi está, inamovible, la niebla.

lunes, 23 de marzo de 2009

El nahual (II)

Cindy sintetiza todo el espíritu de San Jacinto. Es joven y ancestral. Intrépida y sumisa. Carga la suerte de un nombre exótico en medio del inamovible paisaje autóctono del pueblo donde nunca ha salido por "recomendación" del brujo. (Los espíritus de los ancestros se enojan si alguien se aventura más allá del poblado vecino y le "hacen maldades" al osado)

Me pregunta si en la capital todas usan vestidos tan bonitos como los que ve en las teleseries (única ventana al exterior) . Sueña con visitar los almacenes donde todos los empleados sonríen, ser licenciada y ¿por qué no? manejar su propio auto (en San Jacinto esa es "cosa de hombres").

"Quiero ir a la capital". Dice optimista, pero su entusiasmo se apaga como la cabeza de un cerillo después de un golpe de realidad. Apenas cumpla quince años el brujo le buscará marido (comprador en la mayoría de los casos), pasará el resto de sus días preparando tortillas, barriendo arena oceánica de su patio, tejiendo intrigas, soñando secretamente con el muchacho de la telenovela. Si tiene suerte la podría elegir como una de sus sacerdotisas, entonces sí podría conocer la capital pero sin bajar de la camioneta, mirando a Filobel escoger entre las rebajas vestidos chillones, ropa interior de encaje, perfumes empalagosos.

La luz de la luna se cuela traviesa entre la niebla de las montañas para descubrir la tristeza de la encargada (vía sus padres) de la única posada en el pueblo.

-"¿La niebla nunca se va verdad?".
-"No, y mejor porque así no se salen los monstruos de las montañas".
-"Los monstruos no existen, si dices eso no vas a tener novio en la capital". Guiño.
-"Ay cómo es" Los hoyuelos en su mejilla coquetean.
-"¿Nunca has subido a las montañas?".
-"¡Nadie!, sólo el brujo. A él los monstruos no le hacen nada".
-"¿Cuándo sube?".
-"Nadie lo ha visto, nos cuenta a veces los Domingos".

Guardo silencio. Valdivia seguramente tenía razón. El brujo ha echado una manta de superstición sobre la montaña. Seguramente también se encargará de "corregir" a los escépticos.

-"No me ha dicho por qué viene a ver al brujo".
-"Qué muchacha tan chismosa".
-"¿Está enfermo?".
-"Algo así".

Un gato se desliza sigiloso hasta la mesa. Me mira como a punto de saltarme encima. Mueve sus patas en un vals tétrico. Me escruta. Ahora acerca su rostro al mío.

Intento alejarlo de un manotazo pero parece leer mi mente. Me esquiva sin sobresaltos. Corre hasta la barda al final del patio, trepa en ella mirando hacia las insoportables montañas.

-"No le haga caso señor, solito se va".
-"¿Es tuyo?".
-"No, pero viene cada vez que llega alguien nuevo al pueblo".
-"Pues . . ."

El gato está entre mis piernas. ¿Cómo diablos pudo recorrer tantos metros en segundos?. Sube a mi regazo. Pone sus zarpas sobre mis hombros . Hay algo oscuro en este animal, no sólo es la desafiante pedantería felina, su mirada, sus movimientos, todo en su conjunto deja adivinar una inteligencia tergiversada y macabra.

De un puñetazo lo bajo de mí. Hace la mueca de maullar pero no emite ningún sonido.

Desenfundo mi arma.

-"Pues es la última vez que molesta a un extraño".

Desde el fondo del patio un niño me habla sereno.

-"No señor, no lo puede matar".
-"¿Es tuyo el gato?".
-"No señor, ése no es un gato . . . es un nahual".

jueves, 19 de marzo de 2009

El nahual ( I )

El último tramo hacia San Jacinto era en un camión que se dedicaba a transportar plátanos.

Hace algunas décadas tuvo fama de ser la cuna de los mejores plátanos del país, sin embargo cuando se pudieron importar a mitad de precio la prosperidad abandonó al pueblo. La mayor parte de los varones emigraron buscando empleo, las mujeres y los ancianos se dedicaban a sembrar plátano en tierras cada vez menos fértiles para luego venderlo a la orilla de la carretera que comunica con la capital del estado.

Y llegó Filobel, el brujo.

Procedente de la capital, donde su negocio de limpias y amarres fue clausurado en múltiples ocasiones Filobel llegó al pueblo sin más equipaje que la primera televisión a color conocida en San Jacinto. El consejo de ancianos determinó por unanimidad que era un presagio de los buenos tiempos por venir.

En cierta forma tuvieron razón, hoy San Jacinto es un pintoresco poblado de dieciséis cuadras de casas (todas pintadas de blanco) , calles pavimentadas y flamantes camionetas sin matrícula. El quiosco se erige orgulloso entre adoquines rojos y jardínes impecables. Pero la razón de su prosperidad está muy lejos del ahora ornamental campesinado, se encuentra más bien allá en algún lugar de las montañas que me reciben solemnes en la noche infinita.

El brujo descubrió que el pueblo tenía una ubicación estratégica al estar cerca simultáneamente de la sierra, la selva y la costa. Las avionetas cargadas de cocaína podían llegar desde el sur hasta una pista de aterrizaje clandestina en la serranía, después la mercancía podía trasladarse en camiones a través de la selva y al final llegar a la playa siempre virgen para ser embarcada en lanchas ligeras que la llevarían hasta el norte sin ser detectadas.

Por eso San Jacinto se mantenía incomunicado pese a su bonanza económica; el brujo conoció a varios narcodetallistas mientras vivió en la capital, se hizo su amigo ofreciéndoles servicios gratis y entendió su negocio en interminables juergas. Cuando se instaló contactó de inmediato a sus antiguos clientes, juntos trazaron la ruta, arreglaron la logística, con el primer adelanto Filobel mandó pavimentar la pista, construyó una bodega por si tenían que "gotear" la mercancía y levantó una capilla donde se adora por igual a deidades africanas, santos católicos vestidos de seda, iracundos dioses precolombinos o figuras hindúes cuyo nombre nadie conoce.

¿Pero dónde exactamente está la pista?, Valdivia, nuestro soplón, no supo dar detalles. Él se encargaba exclusivamente de la transportación acuática, llegaba hasta un punto señalado de la playa y ahí lo esperaban las pacas listas para subirse a las lanchetas. El lugar exacto y la hora de entrega siempre cambiaban, además la playa estaba demasiado a la vista del pueblo, era imposible montar un operativo en ella sin alertar a los lugareños. Valdivia sabía de la pista gracias a una larga noche de alcohol con uno de los tamemes que le pidió lo transportara al norte escondido entre la mercancía.

Acabamos de atrapar al "Canelo",uno de los capos más peligrosos de la historia, compadre del brujo y potencial carta de cambio con el norte. Pero para extraditarlo necesitamos comprobar su participación en toda la cadena logística y eso no se puede lograr sin descubrir la pista de aterrizaje y echarle guante a Filobel.

Las imágenes de satélite no muestran nada relevante. La niebla es espesa, casi sólida en las cumbres de las montañas, eso imposibilita la incursión de helicópteros para peinar la zona, las avionetas deben saber de memoria los vectores de acercamiento si es que la pista está donde el contacto de Valdivia dijo.

Por eso estoy aquí , haciéndome pasar por un capitalino muy enfermo que necesita un milagro del curandero. Instalado en el pueblo buscaré la pista por cualquier medio y cuando la encuentre un ejército de federales sacarán al brujo del pueblo y lo harán declarar contra el Canelo.

El chofer del camión me despide.

-"Vaya con Dios señor".

miércoles, 18 de marzo de 2009

Próximamente

"No señor, ese no es un gato , es un nahual" . . .

"A esa cueva no podemos entrar porque ahí vive el diablo" . . .

"Lo amarramos con el listón rojo y le juro que no se le va señorita" . . .

"¿En serio se podía viajar todo el universo sólo para entregar un mensaje?". . .

"No dejaba lugar a duda, no era de este tiempo" . . .

"Si una vela te alumbra, nunca pero nunca te mires al espejo" . . .

Vida Magika. (de la inspiración de Cien besos)

Próximamente.